Claro, antes que nada tenemos que estar dispuestos a poner todas las cartas sobre la mesa, renunciando a todo tipo de privilegios y aceptando compartir la misión con todo el pueblo de Dios, conscientes de que estamos viviendo momentos excepcionales de nuestra historia y, por lo tanto, necesitamos espíritu de audacia y creatividad apostólica para hacer frente a los retos que se nos presentan.