Suplícoos que os dignéis socorrerme en todo tiempo y lugar: en mis tentaciones, después de mis caídas, en mis dificultades, en todas las miserias de la vida, y especialmente en la hora de mi muerte.
Dadme, oh, ¡Misericordiosa Madre, el pensamiento y el hábito de recurrir constantemente a vos, pues estoy cierto que si os invoco con fidelidad, no dejaréis de socorrerme. Alcánzame, pues, esta gracia de las gracias; la de suplicaros incesantemente con la confianza de un niño, a fin de que, en virtud de esta oración fiel, obtenga vuestro Perpetuo Socorro y perseverancia final.
¡Bendecidme, oh tierna y bienhechora Madre y rogad por mi ahora y en la hora de mi muerte!...